Un hincha de River le escribió a los simpatizantes de Independiente. En esta nota, una lectura imprescindible para todos los futboleros.
Publicada originalmente en Bastión Digital
Sos
de la B. Subrayalo, parate contra el espejo y recitalo, decilo
mirándote a los ojos. Quizás no ahora, es temprano, pero mañana, después
de empujarte el agua fría contra la cara para prender el día, mirate y
decilo: descendimos, soy de la B. Que sea tu mantra porque es verdad,
porque es un hecho, porque a partir de ahora estás vos en algún lugar de
esa frase.
Mil compañeros y mil colegas de la
desgracia van a querer hacerse el aguante negando todo y no, no es por
ahí. El abrazo simbólico que todos queremos darnos, la palmada a uno
mismo, arranca necesariamente por la aceptación de las propias
fragilidades y la realidad que nos toca. No hay crecimiento posible, no
hay vida hacia delante, si no sabés quién sos ni a dónde estás parado.
Sos Independiente, estás en la B.
El antiejemplo:
Amadeo Carrizo en la radio de Atilio Costa Febre, todo ultra River,
entrevistado por el cumpleaños del club. Con ruido de calle de fondo, el
tipo decía que había que soplar 111 velitas en vez de 112, porque uno
de esos años no había pasado. Bueno, dijo, fue un error historiográfico
en la grandeza de River. Y nooo, Amadeo, arquero de todos nosotros, no
fue un error, fue real, como le dice Darín a Pauls en Nueve Reinas: es
lo más real que te pasó en la vida, y si lo borrás del timeline no hay
forma de interpretarlo.
Ya se sumó Brindisi a los
clichés, y a ver si te atrapa, de que Independiente va a volver al
lugar de donde nunca debió haberse ido y que la categoría que le
corresponde y no sé qué otros casettes. Independiente debió haberse ido,
Miguel, hizo todo lo que había que hacer para irse, como antes lo hizo
River. Les corresponde la B como alguna vez les correspondió una
Libertadores y alguna vez otra Libertadores y alguna vez otra. Si la
suma fuera automática no sería meritoria.
Quiero
decir: algo puede ser grande porque puede ser chico, y no porque no
puede ser chico nunca. Alguien puede ser bueno porque adentro suyo está
la posibilidad de ser malo. Cuando algo se hace bien es, básicamente,
porque también se podría haber hecho mal. Qué mérito habría, si no, en
los campeonatos, en los partidos buenos, si vinieran con al ADN. Esa
idea del ADN, que River e Independiente adoptaron tantas veces, es una
pelotudez.
Sobre esta idea, aunque ya sea tarde,
también pensemos: pedirle a Morel Rodriguez, por ejemplo, que salga
jugando y no tire pelotazos “porque esto es Independiente, loco”, no
tiene sentido. El tipo es Morel Rodriguez, no es Independiente. No se le
puede cargar historia colectiva del pasado a los individuos del
presente salvándolos de su propia historia y de sus limitaciones. Si el
tipo es malo, es malo acá o allá.
En el partido
más relevante de la historia de River, que iba a definir su descenso,
Arano jugó de 5. Arano. Jugó. De 5. Contra la historia de River, eso
puede ser una contradicción. O puede ser la realidad que le tocó ese
día. La realidad está ahí: podés pelearte contra eso o podés negociar. Y
la negociación puede dejarte en un punto gris, mejor, entre esos dos
extremos del mundo de las ideas. Entonces, salir al mercado de pases
para traer a Arano no puede tener sentido nunca, pero tampoco tiene
sentido pedirle a González Pires, porque viene de las inferiores, que
juegue como jugaba Passarella. Cambiá los nombres, vas a encontrar casos
parecidos en Independiente.
El antiejemplo II:
en un año de estadía en el Nacional B, la hinchada de River no inventó
una canción que mencionara la B. ¡Ni una! En el imaginario colectivo que
nos construye el cancionero popular, durante ese año, seguimos siendo
el tricampeón, el más grande de la Argentina, y sobretodo seguimos
corriendo a los bosteros, entrando en caravana, fumando marihuana,
tomando cocaína, pero jamás nos medimos la lágrima, jamás acompañamos al
equipo a una excursión distinta, para viajar, entre todos, a un lugar
nuevo.
Lo nuevo da miedo. Crecer es ir por el miedo, aceptarlo, darlo vuelta.
La
excepción lírica del tiempo adverso fue un tema que gritaba que “no
alcanzan las tribunas, no alcanzan las entradas, les demostramos lo que
es River en la mala”. Como aproximación al dolor, el intento no estuvo
mal, pero fue aislado y fue masturbatorio: siempre la consigna de
demostrarle al otro que la tengo grande, nunca el amor propio que pueda
valer por sí mismo y para sí.
Basta de hablarle a
los demás, compañeros de la tribuna, hinchadas desunidas argentinas: no
están escuchando, no les interesa, no nos creen. Cuántos años más vamos
a aguantar nuestro cuento de que los corrimos cuando en la tabla de
enfrente ellos cantan que nos corrieron. Tachemos los términos iguales
en las dos partes de la ecuación. Volvamos a cero.
El
fútbol no importa. Es una entidad sin cuerpo. Importan las relaciones
que tejiste alrededor de ese circo: no Arsenio Erico, sino la voz
perdida de tu abuelo hablándote de Erico, de que había una vez un
goleador; no el estadio, sino la mano de tu papá guiándote por la
avenida Alsina; no el gol de Agüero que arrodilló a Crosa, sino el
abrazo con tu hermano por ese gol. La emboquillada de Bochini, el
avioncito de Rambert, haber aplaudido a Pusineri, todo fue una excusa,
porque todo el fútbol es una excusa para funcionar más humanamente, para
sentir cosas, para liberar. Para dosificar la neurosis.
En
el desvío, cuando importa, el fútbol es un estiramiento insoportable de
la identidad adolescente, que se define en partes iguales por
identificación con unos, el grupo de pertenencia, y por oposición con
otros, el grupo que hay que agarrar a trompadas.
La
primera vez que vi el descenso en la cara fue en un partido que River
empató con Colón, un par de fechas antes de la Promoción. El Bichi
Fuertes nos hizo un gol y nos pedía perdón en el festejo juntando las
manos como las juntan las monjas pero no, Bichi, perdón es otra cosa,
perdón se pide con goles en contra. Salimos de la cancha como siempre,
por el puente Labruna hacia Ciudad Universitaria, apurando el trote para
llegar al estacionamiento antes de la congestión, regulando cada tanto
porque a papá se le hincha la rodilla operada. Subimos al auto y empecé a
llorar. Con ruido, sin parar. Me limpié los mocos con la remera, pensé
que frenaba, vino otra ola, me entregué. Lloré hasta casa. Eran mil
imágenes adelante mío pasando como diapositivas, y en todas papá:
imágenes de la Belgrano alta y de plateas visitantes, de alguna vez en
la popular para que yo conociera otro mundo, de gases lacrimógenos y de
piedrazos, de un gol de Ortega contra San Lorenzo. En todas, la mano de
papá en mi mano para entrar a la cancha, mi miedo en la bajada del
puente porque abajo estaba la barra, gente que alguna vez me robó y mirá
si alguna vez me pega, ese sentimiento a los 9 años pero también a los
15, con más vergüenza pero sin represión, buscando igual la mano de papá
para pasar ese charco. Siempre me sentí cuidado en esa mano. En todas
las canchas, papá sabía por qué calle entrar y por qué calle no entrar, y
sobre todo sabía cuándo irse si había que irse.
Entonces
entendí, con la Panamericana en el parabrisas borrosa por el llanto
pero con él al volante, que lloraba por River y por mí, que River ya no
iba a ser lo mismo para nosotros, que descendía con el descenso nuestra
relación hacia otro lado, que mi historia con papá se terminaba acá,
para empezar de nuevo o para nunca, para nuuuunca más volveeer.
Cuando
llegamos a casa, igual que siempre después de la cancha, él repitió el
gesto automático de abrir la heladera, pero en el mismo movimiento la
dejó cerrarse sola, con la inercia horizontal de las puertas de
heladera. La confusión y la tristeza obturan el hambre. Yo le dije
gracias. Le dije: Fui muy feliz yendo a la cancha con vos todos estos
años. Nos abrazamos, y quise creer que en el abrazo nos entendíamos.
Pensé que en ese gesto yo estaba aceptándolo para siempre, perdonándole
los años de bronca que me provocaba en la adolescencia que llegara a
casa y sólo me hablara de fútbol, perdonándome a mí mismo la
indiferencia que quise imprimirle a River por esa bronca hasta que no
pude, hasta que el riesgo del descenso me hizo quererlo de nuevo y más,
aceptando sus limitaciones y las mías, aceptando lo poco que nos dimos y
lo mucho que fue eso para los dos. Entendí, también, que ese abrazo era
una forma de despedirnos, aunque ninguno se fuera a ningún lado, porque
las despedidas entre un padre y un hijo no se agotan solamente con la
muerte: antes y después de eso, el camino necesita cierres.
Entonces,
colega descendiente, querete más y querete menos, como se quiere a los
que te acompañan en este barco, y que los vaivenes emocionales no sean
por el Rojo sino por ellos, que tienen puesta la camiseta del Rojo.
El
dolor es un reminder implacable de dos verdades sin tiempo. Verdad 1:
estás solo. Verdad 2: la soledad se comparte, y entonces ya no estás
solo.
No exageres el aguante, no seas hincha de
tu hinchada, no quieras ser, vos sólo, la síntesis argentina. Liberate
del deber ser que hay en tu hincha interior. Reconocelo, reíte,
cachetealo. Alguna vez, a la hora del partido, andate al Malba, morfate
una muestra de minimalismo peruano, volvé a la calle sin saber el
resultado, con extrañeza pero sin culpa porque nadie, nunca, te devuelve
las horas que perdiste mirando a Independiente, como nadie me devuelve a
mí los kilómetros de embole que me produjo River en los últimos diez
años: es la década perdida.
Las hinchadas son
commodities. Sobretodo las de equipos grandes, por una simple cuestión
estadística: si juntás más de diez mil argentinos al voleo, cualquiera
sea la muestra, va a incluir diferentes estratos sociales, diferentes
edades y diferentes peinados como para funcionar parecido a la muestra
de al lado.
Ante estímulos iguales, reaccionan
igual. Cuando pelean un campeonato, llenan la cancha y alientan. Cuando
ganan cinco, se aburren, van menos, son amargos. Y cuando se les exagera
la adversidad, años sin ganar nada o un descenso, ellos exageran el
aguante, porque si el equipo no les da nada para enamorarse, les queda
enamorarse de sí mismos para no morir.
Anotá,
también, que los que viven de tu aguante son muchachos de cuarenta años
con el jogging de Independiente entero, el pantalón y la camperita, el
conjunto Topper azul con líneas rojas, y sobre la pelada que se viene,
el gorro de lona playero que dice Rojo sos mi vida y tiene trenzas de
lana cosidas por la vieja, una moda que el mundo evolucionó hace veinte
años y que los barras no pueden soltar. Son gente que se junta el
domingo en la esquina del barrio, cinco horas antes del partido, a
empinar vino Toro, un vino que vos no le darías nunca a un invitado en
tu casa, pero que ellos honran, con la consigna implícita de estirar
mitos insalvables, ciegos de que el barrio ya no queda en la esquina
sino en Twitter y de que el vino no se sirve en cartón sino en botella.
Ser
hincha, compañero diablo, es una conducta humana entre todas las
posibles: es aceptable y digna. Pero no hay que olvidar que en un
principio esto era un juego de once tipos empujando una pelota para allá
contra la fuerza de otros once que la traían para acá, y de repente es
el juego de otros y vos sos un animal rabioso agarrado con fuerza de las
mangas del sillón o de las barras de la platea, gritando, puteando,
cantando y llorando, agrandando la expresión que no podés agrandar en la
semana. Todo lo que hay en el medio, entre ese principio y ese final,
es un proceso que podés descomponer ahora, en pleno descenso, no para
tirarlo a la basura, sino para reinterpretarlo.
Hacé teatro: ahí también está bien visto que grites.
Así
que River descendió del todo el 26 de junio de 2011, al día siguiente
de mi cumpleaños 27, y ascendió el 23 de junio del año siguiente, dos
días antes de mi cumpleaños 28. Viví el partido con Belgrano en la
Belgrano alta, con papá a mi derecha, en silencio durante más de una
hora después del partido y en el mismo lugar, esperando a que en la
calle de abajo se mataran con la policía para poder volver a casa. Mamá
nos llamó varias veces para ver si estábamos bien, pero no había señal.
Estábamos bien, mamá. Fue la única que quiso saber en serio cómo
estábamos, mientras el país tomó al Tano Pasman como representación
oficial del sentimiento del hincha de River. Supusieron que nosotros lo
vivimos igual, pero nosotros no dijimos, no pudimos decir, ni la puta
que me parió ni paraguayo de mierda. No pudimos decir nada.
Con
27 años, entonces, yo me quería ir a vivir solo y no quería. Fue un año
de indecisión y de miedo que terminó exactamente el día que River
ascendió, unas horas antes. Me desperté temprano para ir a firmar el
alquiler. Mi novia me acompañó a chequear el departamento y un rato más
tarde vino papá en otro auto, para poner su firma de garante. River
jugaba a la tarde y era la primera vez desde que funcionaba mi memoria
que papá y yo no habíamos conseguido entradas para un partido de cancha
llena, porque Passarella había inaugurado un sistema de venta
electrónica que escupía sospechosamente cincuenta mil tickets en un
minuto y medio dejando afuera a miles de socios comunes.
Volví
de la inmobiliaria a casa nervioso, suponiendo que la excitación de mi
firma hacia una vida nueva podía ablandarme la rareza de ver el ascenso
de River por televisión. En el camino mi novia me dijo: Compremos
medialunas para festejar. Estacionamos el auto, entonces, y cuando
caminábamos hacia la panadería vi que en la mesa de afuera, tomando un
café al sol, estaba Passarella. Un par de horas antes de uno de los
partidos más importantes de la historia de River, el presidente de River
estaba ahí, enfrente mío, sentado y solo. Mi novia dice que lo miré
fijo y que fui agresivo. Le di la mano, le dije Daniel. Le dije: Es la
primera vez en mi vida que me quedo afuera de la cancha. Mi viejo y yo.
Él dijo algo que no era nada como bueno, es complicado. Vos no tenés dos
entradas para mí, le dije. Se tocó el sobretodo negro que tenía puesto,
lo palpó como si buscara un arma, lo abrió y revisó el bolsillo. Sacó
un sobre, adentro un fajo de entradas, por lo menos cincuenta. Cuántas
querés, me dijo. Se me llenaron los ojos de lágrimas, como si viera de
nuevo al Passarella que me enseñó papá, campeón del mundo, odiándolo y
queriéndolo tanto en el mismo momento. Dame cuatro, le dije, aunque me
alcanzaba con dos, quizás para sentir que tenía algo de poder sobre él.
Dice mi novia que nunca solté la violencia, que ella miraba en tensión
pensando que le pegaba, aunque yo nunca le pegué a nadie. Le dije
gracias, Daniel, y me saqué una foto para que papá me creyera. Fuimos a
la cancha y los astros de ese día quisieron que hasta Funes Mori jugara
bien. River ascendió, yo lo vi. Cumplí años y me fui a vivir solo.
Contradicción: El fútbol es lo más real que te pasó en tu vida.
Tranquilo,
hermano rojo. Todo va a estar más o menos bien. La frase no es mía, es
un retuit de una canción de El mató a un policía motorizado, y es, o
esperemos que sea, la verdad más grande que dio el rock nacional durante
el kirchnerismo. Puede ser tu segundo mantra. Todo va a estar más o
menos bien.
Más o menos bien es más o menos así:
vas a debutar contra Aldosivi, ponele, en Avellaneda. Un sábado a la
tarde, sigamos adivinando, a estadio lleno, con globos, con serpentinas,
con bengalas, que no se puede pero se puede. Vas a decir ah, mirá, nos
pusieron a Maglio, un árbitro de la A. Alguien al lado tuyo va a decir
che, ojo que ellos no son tan malos. Después alguien va a decir la
defensa de ellos, se nota la diferencia de categoría. Vas a ganar 3 a 1,
jugando más o menos bien. Se va a armar un microcabaret tuitero porque
en la web de Olé está el escudo de Independiente en la misma línea que
los otros de la A. Los de Racing van a putear, van a armar un hashtag
militante porque la estupidez humana tiene esas salidas, un periodista
del diario va a salir a explicar que bueno, es Independiente, hay que
entender. Lo va a explicar con seriedad, como se explican los índices de
desempleo. El escudo va a quedar ahí y vos no decidiste nada o habías
decidido que te daba lo mismo pero bueno, ahí está. Después Banfield en
Banfield, después Huracán, algún día Ferro. Vas a decir ojo que todos
estos son más de la A que de la B. Te va a sorprender el estado de las
canchas, el pasto parejo, te vas a fijar en cosas que antes no mirabas,
te va a gustar. Te va entusiasmar un pibe de las inferiores, te vas a
indignar con un experimentado que trajeron de Colón, vas a empatar. Cada
tanto vas a mirar la tabla de la A y vas a sentir una distancia rara,
como si fuera de otro deporte. Vas a buscar a Racing y te va a dejar
tranquilo que va séptimo, ponele, pero honestamente te digo: no te va a
importar. Vas a perder. Vas a entender que esto sigue siendo fútbol, que
se suma igual que en la A, de a gol por gol, que el torneo es un laburo
de hormigas laburadoras y te vas a decir mil veces, con tus amigos del
Rojo, que mirá que los rivales salen a jugarnos el partido de sus vidas.
En
la fecha 8 te va a tocar Douglas Haig en Pergamino y te vas a mirar con
tu hermano y van a decir ojo eh. No saben bien a dónde queda Pergamino,
van a guglear la ruta, van a conseguir entradas porque un primo de un
amigo del cuñado y se van a mandar.
Mi primera
excursión visitante durante la B de River fue hacia el Estadio Único de
La Plata, que alguna vez fue escenario de U2 y alguna vez de Britney
Spears, pero esta vez era de de River, que jugaba contra Defensa y
Justicia, un equipo que todavía no existe en Wikipedia. Por trescientos
pesos puteé y compré dos entradas por Ticketek y mi novia me dijo bueno,
vamos. Todo el tramo de la autopista Buenos Aires-La Plata fue de un
tráfico escrito por Cortázar, pero aguantamos los avances torpes y el
sol en la jeta con un disco de Peter Gabriel que yo no escuchaba hace
rato y que ella aprobó. Me preguntó qué color de camiseta tenía Defensa y
Justicia y yo le dije que adivinara. Las relaciones de amor son
adivinanzas. En el kilómetro en que se mató Rodrigo nos dijimos que hace
rato no pasábamos tanto tiempo así, solos, yendo a ningún lado y
hablando de cualquier cosa. Nos dimos un beso, lo interrumpimos por el
bocinazo del auto de atrás, nos dimos la mano mientras avanzábamos en
segunda. Cuando nos sentamos en nuestra platea, chivados por la caminata
desde el auto, fui hasta el puesto de Coca y le compré una light. Un
vaso de cartón, a veinte pesos, sin gas. Dijo que estaba rica y me dijo
gracias. Hace rato que no hacía algo desinteresado por ella. Cambiar el
escenario cambia las relaciones. Hay que luchar siempre contra el
impulso contrario que es quedarse en casa, acostados sobre el puf en
cucharita mirando Lost, tentados por una adrenalina que amaga con
transformarnos, sintiendo que está por pasar algo que después no pasa o
que cuando pasa no garpa. La transformación está afuera. Hay que ponerse
en juego y en riesgo, en lugares incómodos y desconocidos, para estar
vivo. River empató 3 a 3, en un duelo de goles de exportación entre
Trezeguet y Píriz Alves. La remera de Defensa es verde y amarilla,
manejar por La Plata es fácil porque las calles son números.
Mirá
al descenso en la cara, Rojo. Mirate a vos. Ahí están, los dos solos,
teniéndose el uno al otro como se tiene una herida abierta o como se
aguanta la muerte de alguien querido. La relación con ese dolor es tuya:
es un regalo.
Cuando era chico siempre me dieron
un poco de celos los compañeros a los que se les moría el papá o la
mamá. Era un sentimiento horrible, que nunca compartí con nadie para que
no me mandaran al psicólogo, pero proyectaba en mi mente cómo sería esa
experiencia para mí, me dejaba llevar por la atracción de esa tristeza,
imaginaba mi angustia, cómo reaccionaría en el entierro con cada
saludo, cómo manejaría ese poder tan inusual que tiene un chico de doce
años cuando la muerte prematura de su papá lo deja en el centro de
tantas miradas, tanta gente observándolo hacer o no hacer, midiendo cómo
administra la escena, cómo gestiona las lágrimas, cómo revuelve el
dolor y cómo camina, finalmente, hacia la soledad del auto fúnebre que
lo saca de ese entierro y lo pone en un entierro peor, que es el de las
horas infinitas de dolor que el futuro le tiene guardadas. Quería vivir
eso, por qué ellos sí y yo no, sentía que ellos se llevaban, en ese
combo, una sabiduría que yo no iba a tener nunca. De otra forma, con
otra experiencia, este descenso es un dolor que es tuyo y que otros no
tienen y no van a vivir nunca.
Hay algo en la
forma torpe e inconsistente que tuvieron los bosteros de burlarse de
nuestro descenso que tiene que ver, para mí, con esos celos, con las
ganas inconfesables de haber vivido nuestra experiencia. Ahora es tuya,
Rojo, disfrutala.
Llorá. Gritá. Puteá. Reíte.
Cantá canciones de cancha, con voz de cancha, sin tono, con la
desvergüenza de saberte acompañado por cincuenta mil personas aunque
estés solo, y si tenés en el baño, como tengo yo, dos espejos laterales y
enfrentados, sacate la remera y revoleala, agitá el brazo hacia delante
con el compás de los tobillos, agarrándote con el otro brazo de la
puerta o de una toalla como si fuera un paravalanchas, y mirá hacia los
costados, primero a un lado y después al otro, cómo se multiplica tu
cuerpo y tu brazo alentando, en la tira infinita que dibuja el espejo,
cómo se forma en dos pasos tu propia hinchada, los movimientos
sincronizados de tantas remeras flotando en el aire de tu baño que ahora
es el tablón. Sacate. Decí te quiero, pedile al de la lado que cante.
Sé
vos y sé otra versión de vos, para los demás y para vos mismo. Sé lo
que sos y lo que fuiste, sé lo que no fuiste nunca. Que este descenso
sea, compañero independiente, tu oportunidad para ser alguien nuevo,
alguien que no estaba en tus planes, y que las mutaciones de ese hombre
nuevo nos vuelvan a juntar, alguna vez pero no ahora, el tiempo sobra,
en un abrazo entre ascendidos.
José Santamarina es docente y comunicador social. Su twitter es @santamarinajose.

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