Desde la entrada hasta la salida sin energía al vestuario, a Martínez se lo notó pasado de revoluciones.
Boqueaba. Lucía cansado. Buscaba aire. La mirada parecía algo perdida. La pelea no había empezado y Sergio Maravilla Martínez comenzaba a sufrir. La caminata desde su vestuario hasta el ring, de unos 150 metros, con René de Calle 13 cantando a su lado
y un deficiente control de seguridad que no impedía que cientos de
hinchas lo tocaran y se abalanzaran, lo dejó exhausto. Fue el comienzo
de un combate en el que no lució cómodo en ningún momento. Al campeón
mundial mediano del CMB se lo devoró el propio show que él mismo y todo su entorno pretendieron levantar.
La lluvia, el adelanto de la pelea (originalmente debía ser a las
23.30 pero fue dos horas antes), la descomunal cantidad de gente en el
ring side. Fueron todos detalles que, al final, le jugaron en contra a
Martínez. La sencillez, humildad y seriedad con la que trabajó durante toda su carrera se vieron desbordadas por una organización pésima.
A Pablo Sarmiento,
entrenador de Maravilla, se lo notaba desencajado. En cada descanso, la
música era tan fuerte que se le complicaba hablarle a su boxeador. "¡Esto es para ustedes, Argentina!",
llegó a decir Maravilla tras la pelea para todo el estadio. La
multitud, empapada y con ganas de volver rápido a su casa, atinó a
aplaudir y ovacionarlo, pero no se mostró del todo entusiasmada.
Cuando llegó a una de las esquinas del cuadrilátero para emprender
el camino hacia el vestuario, luego de una dudosa victoria con Murray, Maravilla suspiró.
Miró hacia adelante y se encontró con el peor panorama que podía
encontrar después de una pelea terriblemente desgastante. Una multitud
se agolpaba por saludarlo y tocarlo. A esa altura, no atinó ni siquiera a
saludar. Tiró la botella de agua hacia el público y comenzó a caminar. Físicamente, lucía fundido. Caminó entre empujones, golpes y piñas de la seguridad a los espectadores. Casi nunca levantó la cabeza. Casi nunca sonrió.

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